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Tabaquismo: la irracionalidad que no cesa

NotaPublicado: 15 Jul 2016, 01:34
por Asíndeton

Tabaquismo: la irracionalidad que no cesa

JOSÉ ANTONIO GARCÍA MARCOS PSICÓLOGO CLÍNICO Y ESCRITOR
15/07/2016

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Queremos ser modernos, vivir el presente, planificar un futuro mejor pero, en realidad, estamos atrapados en el pasado. Imaginemos por un momento que un empresario quisiera introducir en el mercado un producto semejante a una cajetilla de cigarrillos. El Estado y los consumidores se le echarían encima obligándole a retirarlo por motivos de salud. Si cada día se venden millones de paquetes de tabaco es porque seguimos encadenados al pasado.

Uno de los efectos colaterales del descubrimiento de América fue la expansión del hábito de fumar por todos los rincones del Viejo Continente. Fumar se convirtió en algo exótico y, además, recibió el beneplácito de los médicos porque, según decían entonces, aliviaba múltiples dolores y molestias corporales. Durante más de quinientos años echar humo por la boca fue sinónimo de salud y de poseer un estatus socioeconómico envidiable. En ese largo periodo de tiempo los fumadores impusieron su razón de ser obligando al resto a respirar pasivamente el humo ambiental.

Desde hace algún tiempo, las cosas han cambiado radicalmente. La medicina viene alertando de una preocupante cantidad de enfermedades y muertes asociadas con el hábito de fumar y al tabaco se le considera uno de los principales problemas de salud pública. Adolf Hitler, con su concepción paranoica de las relaciones internacionales, solía decir que las razas inferiores habían introducido el tabaco en occidente como venganza porque la raza blanca superior les había llevado el alcohol. La Alemania nazi combatió con cierta determinación el hábito de fumar pero su derrota en la II Guerra Mundial fue utilizada por la industria tabaquera para vincular fascismo y antitabaquismo y la victoria con la democracia y la libertad de fumar cigarrillos, a ser posible, americanos.

Hollywood se convirtió también en otro de los baluartes de la industria del tabaco para globalizar un hábito que ha provocado ya más muertes que todas las guerras y epidemias que han asolado la humanidad. En la actualidad se calcula que el hábito de fumar causa al año cerca de un millón de muertes en el mundo. A pesar de este holocausto dorado (ver Golden Holocaust de Robert Proctor), a ningún Estado se le ocurriría aplicar la legislación vigente y prohibir la venta de cigarrillos amparándose en su obligación de velar por la salud de los ciudadanos. Lo mismo que el fumador se siente encadenado a inhalar diariamente una cierta dosis de nicotina, los gobiernos y los sistemas sanitarios se muestran impotentes a la hora de convencer a los fumadores a abandonar un hábito que les deparará sufrimientos, enfermedades y muertes prematuras.

En los años ochenta del siglo pasado yo era un fumador habitual de cigarrillos Celtas. En una etapa posterior me cambié a Ducados y, finalmente, opté la suavidad de Fortuna. Por aquella época, ocurrió en nuestro país un envenenamiento masivo con aceite de colza y el entonces Insalud se vio forzado a contratar a un montón de psiquiatras y psicólogos para atender las secuelas mentales provocadas por el aceite tóxico. Eran tiempos en los que se fumaba en todas partes: en la cama, en la cocina, en los restaurantes, en bares y discotecas, en el parlamento e, incluso, en las consultas médicas mientras se auscultaba a los pacientes con el fonendo. Una de las primeras demandas que recibimos los psicólogos, además de calmar la sintomatología ansiosa y depresiva de los enfermos, fue la de ayudarles a dejar de fumar. El tener que diseñar estrategias psicológicas para abandonar el tabaquismo de mis pacientes me hizo replantearme mi propia adicción que abandoné poco después. También lo hicieron muchos de mis pacientes.

Pasado un tiempo demasiado largo, la justicia condenó a los empresarios que adulteraron el aceite y al Estado por no haber ejercido el adecuado control. El envenenamiento masivo provocó cerca de mil muertos y más de 20.000 afectados. Según estadísticas actuales, el tabaco es el culpable de la muerte de unas 60.000 personas cada año en nuestro país. La toxicidad del aceite de colza adulterado era, sin duda, mucho más letal que la de un paquete de cigarrillos que mata de una forma mucho más lenta. La industria del tabaco, que de forma sistemática engaña a los consumidores, ha salido indemne de todos los juicios donde se la acusa de provocar enfermedades y muertes. Pero ya se sabe que, a veces, la justicia tiene razones que la razón no comprende.

La valentía del presidente Rodríguez Zapatero al prohibir por ley fumar en lugares públicos y cerrados fue un gran paso en esa lucha constante que toda sociedad civilizada tiene que llevar a cabo para desterrar conductas nada saludables y que originarán mucho sufrimiento a las personas atrapadas en ellas. Se calcula que han dejado de fumar cerca de un millón de personas pero todavía siguen haciéndolo el 25% de la población adulta.

Hitler soñó con una Alemania sin tabaco y lo que consiguió fue que aumentara el número de fumadores. Ya se sabe que en las guerras el cigarrillo suele ser más importante que el rancho. Una democracia tiene que luchar contra la irracionalidad que subyace a la conducta de fumar con armas como la información, la persuasión, la educación sanitaria y también, por qué no, poniéndoselo cada vez más difícil a los fumadores, subiendo el precio del tabaco, limitando los lugares públicos donde se pueda fumar, obligando a la industria a especificar todos los aditivos y componentes cancerígenos que contiene una cajetilla, presionándola para que acepte el empaquetado genérico con el fin de restar el atractivo que las marcas tienen entre los más jóvenes y, sobre todo, haciendo que sean accesibles tratamientos para abandonar la drogodependencia. Fumar es estar encadenado a un pasado del que habría que desprenderse alguna vez en beneficio de la propia salud sin olvidar que son factores emocionales los que sustentan esa conducta.